
Cuando conocí a Marga supe que entraba en un mundo desconocido: el mundo Ortodoxo. Los principios, las costumbres, la cultura y la religión, diferían profundamente de mi mundo. Siempre he vivido en ciudades: Valladolid, Madrid, Luxemburgo y Bruselas; ciudades «abiertas» y cosmopolitas donde la religión predominante es la católica (por las tres primeras por lo menos) y donde el ruido, el estrés y el trafico diario se incorporan a tu ADN .
Si de verdad quieres conocer a una persona, debes ir al lugar de su nacimiento y de sus ancestros. Si quieres conocer un país debes olvidar los mapas, las fotos y los libros y lanzarte sin miedo en medio de la gente y observar. Lo que yo pude observar en mi primer viaje a su pueblo me abrió el «baúl» de mis recuerdos de los pueblos de la España de los años 50. El tiempo se había detenido en este paraje y a pesar de las dificultades/incomodidades que poco a poco fui descubriendo en el día a día, este pueblo me subyugo.
Es una pequeña aldea con entorno a doscientas familias. El médico y la farmacia mas próxima se encuentra a unos 5 km y el hospital (bueno, llamemos así) mas cercano a unos 15.
El acceso a la aldea se recorre con dificultad al serpentear por un sin fin de curvas que se traducen en subidas y bajadas , los típicos toboganes, en mal estado.
La carretera, mal asfaltada, exige estar atento a sus innumerables socavones y finaliza a la entrada de la aldea. Depues no hay nada mas salvo las montañas (las estribaciones de los Carpatos) y los bosques que rodean el pueblo. Estamos en una «estación terminus» que dicen los ferroviarios para anunciar que el viaje ha terminado. A partir de ahí los coches se adentran en el pueblo por caminos empedrados difíciles de describir, que en invierno se transforman en caminos de barro cuando empiezan las lluvias.
La conexión con el «mundo civilizado» requiere, obligatoriamennte, desandar el camino y rehacer los 15 Km hasta una pequeña ciudad. Esos 15 Km exigen 30 minutos de coche en verano. En invierno es muy dificil calcular el tiempo pues depende de la nieve y el hielo y es fácil quedar incomunicado si el mal tiempo se presenta. Dicho esto, cuando se cubre de nieve este pueblo es una maravilla a los ojos y al espíritu.
El aislamiento de esta aldea es, desde mi punto de vista, uno de sus grandes «tesoros», sobre todo para el que llega allí con espíritu aventurero o buscando silencio y sosiego para el espíritu. Las montañas y los bosques que rodean completamente la aldea, el rio de montaña que circunda el pueblo, las casas de fabricación artesana, los prados y jardines que rodean cada casa y los «viejos»del lugar completan un mosaico «de principios del siglo pasado» donde el silencio a veces sobrecoge ( sobre todo para los que llegan de grandes ciudades) y reina una paz monástica en las calles que a veces se altera por los ruidos de gallos, perros y vacas que circulan por las calles en libertad como dueños de un lugar en el que un coche es un elemento discordante en este entorno tan natural.
Lo primero que note fue la dignidad del campesino rumano (como en mis tierras castellanas) serio, callado, respetuoso en extremo y con esa sabiduría natural en los ojos que te hacen sentir que te miran desde una altura muy superior a la tuya aunque la humildad de sus atuendos parezcan indicar lo contrario.
Era primavera cuando me encontré por primera vez con este paisaje, que abruma por su grandiosidad. Todo estaba verde y se respiraba una frescura que llenaba los pulmones de aire limpio. Aqui la gente vive al ritmo del sol. El pueblo se despierta antes de los primeros rayos de sol (a las 6 de la mañana empiezan las mujeres a ordeñar a las vacas). Desde la ventana de la casa ( hacia las ocho de la mañana) observo como la calle se va llenando de mujeres vestidas de negro que van conduciendo las vacas a los prados lejanos donde permanecerá el ganado todo el día hasta la caída del sol.
Las mujeres, una vez dejados los ganados en los prados, vuelven al pueblo y empiezan las tareas caseras y sobre todo el trabajo en las huertas y campos. Era el momento de la siega del heno (alimento del ganado para el invierno) y con un sol de justicia que rompía los sombreos de paja. Las mujeres acompañadas de algunos hombres, segaban a mano hasta la hora de comer con las guadañas tradicionales que yo no veia desde que tenia 14 años .
Cuando el sol empieza a declinar el ganado vuelve solo, no hace falta que alguien les indique que es la hora de regresar y asisto a esa extraña procesión que advierte a todo el mundo que la hora de la cena se aproxima. La vacas se van deteniendo cada una frente a las puertas de su granja y allí esperan hasta que se les abre la puerta para volver al establo donde de nuevo serán ordeñadas por las mujeres. No hay memoria de que una vaca se haya perdido o confundido de casa.
El clima es continental, seco y muy frío en invierno (puede alcanzar hasta los 27 grados bajo cero) y veranos calurosos (entorno a los 30 grados durante una buena parte del verano). Esto hace que la primavera desde abril a principios de julio sea muy agradable y se vea acompañado de toda una explosión de la naturaleza donde todo se abre y florece: una maravilla.
De mi vida allí, de como intente adaptarme a su mundo y a sus costumbres y a sus reglas no escritas que hay que respetar y de la especial idiosincrasia de este mundo distinto y distante me ocupare en el siguiente Post.